EL ARRAYÁN ES MEJOR
EL ARRAYÁN ES MEJOR

EL ARRAYÁN ES MEJOR

Las promesas que Dios nos ha hecho son tan grandes, que, algunas veces, él prefiere hablarnos de ellas en un lenguaje sencillo, usando figuras con las que estamos relacionados. Hoy vamos a examinar algunos aspectos de una de esas grandes promesas de Dios que nos sorprenden.

El Antiguo Testamento está repleto de alusiones proféticas al bendito Redentor, a quien el Padre designó antes que el tiempo se pudiera contar. La entrada del eterno Hijo de Dios en el tiempo es uno de los misterios más preciosos que testifica sobre la presciencia de Dios, su pre conocimiento y la elaboración de sus planes, siempre éstos anticipados a los nuestros. El profeta Isaías dedicó la segunda parte de su gran libro, desde los capítulos 40 al 66, a hablar palabras de consolación al mismo pueblo al que había exhortado desde los capítulos 1 al el 39. Sirve esta estructura para recordarnos que la profecía, por dura que parezca, nunca tiene el propósito de destruir, sino de instruir en el verdadero camino de la vida eterna. Cuando el apóstol Pablo tuvo que poner en orden las cosas desarregladas en la iglesia de Corinto, dijo: El que profetiza habla a los hombres para edificación, exhortación y consolación (1 Corintios 14:3)

En Isaías 55 el Señor brinda aguas a los sedientos y, sin dinero y sin precio, vino y leche a los que no podían pagar. A través de estas figuras el Señor nos da a entender que todas las necesidades espirituales de los hombres a causa del pecado original, están cubiertas por el Dios de toda gracia y amor. Sin embargo, es notable que cuando Dios ofrece saciedad espiritual al alma del pecador, la invitación es a oírlo atentamente. Dice, entonces que, al oírlo, el hombre come del bien y se deleita con grosura. En la primera parte de esta profecía, el Señor le asegura al pueblo que, si inclina su oído, viene y lo oye, vivirá su alma. Así que, el poder vivificante de la Palabra es efectivo en el creyente cuando da oído a lo que Dios dice. Por eso, el Salmista pide varias veces a Dios en un mismo canto: Vivifícame conforme tu palabra (Sal 119:25,107,154)Y Cristo dijo: las palabras que yo os he hablado, son espíritu y son vida (Jn 6:63)Cuando Cristo le abría las Escrituras a los dos discípulos que iban camino a Emaús el día de su resurrección, el corazón de ellos ardía cuando escuchaban pronunciar aquellas palabras de vida (Lc 24:32). Cristo también prometió que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios y, los que la oyeren, vivirán (Jn 5:25).

En Isaías 55:4,5 el Señor promete la llegada del Mesías a quien él designa por testigo a los pueblos, por jefe y por maestro a las naciones. Se promete que el Mesías llamará, y los que no le conocieron correrán a él por causa de su Dios y del Santo de Israel que lo ha honrado. En los subsiguientes versículos se aclara que, si se busca al Señor, él tendrá misericordia y será amplio en perdonar. Ese fue el propósito de la muerte expiatoria de Cristo en la cruz, perdonarnos y reconciliarnos con Dios (Col 1:21,22; 2:13). Como bendición añadida al perdón, Dios promete que su palabra funcionará como esa lluvia y nieve que cae de los cielos y riega la tierra y la hace germinar y producir y dar semilla al que siembra y pan al que come. Cristo mismo es la Palabra viviente de Dios, él es el Verbo. Pero también Dios nos ha dejado su Palabra escrita, la cual testifica del Señor Jesús (Jn 5:39). El Todopoderoso manifiesta aquí un compromiso con su Palabra: hacerla prosperar en aquello para que la envía. Entonces, la Palabra permitirá que nuestro fruto no sea espinoso, sino de características preciosas. La promesa específica es que, por la bendición de la Palabra divina oída atentamente, no cosecharemos ortigas ni espinos, sino cipreses y arrayanes.

¡Qué importante es recordar este poder de la Palabra! Es una paradoja que, ahora, en el tiempo cuando la impresión de Biblias en el mundo se cuenta por millones, el pueblo de Dios en sentido general lee poco la Palabra. Basta preguntar en una comunidad cristiana, cuántos han leído toda su Biblia, aunque sea una sola vez, y las cifras son alarmantemente mínimas. Por tanto, Dios nos quiere despertar, y recordarnos el bien que resulta de oír su Palabra. La Palabra recibida cual lluvia y nieve pura, evitará que crezcan arbustos espinosos en nuestro campo. Dios le dijo a un profeta en el Antiguo Testamento que él vivía entre cardos y espinos (Ez 2:6). El pueblo tenía un carácter rudo, manifestado en palabras ponzoñosas, de esas que son como golpes de espada, sin la dulzura propia de los hijos de Dios (Comp Prov 12:18; 1 Ts 2:7). La carne sólo produce esas obras de enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones. Pero la Palabra recibida cual fresca llovizna y gélida nieve, producirá cipreses y arrayanes, ambos, árboles de gran estima y valor.

El arrayán es el mirto común, un arbusto muy abundante en Israel que se caracteriza por su grueso tronco, sus aromáticas ramas y porque sus hojas permanecen verdes en todas las estaciones del año. Sus ramas se usaban en la celebración de la fiesta de los tabernáculos (Neh 8:15). El nombre de Esther en hebreo era Hadassah, que significa mirto. Igual que la fortaleza del arrayán, necesitamos en la casa de Dios aquellos que sean fuertes, capaces de enfrentar las tormentas propias de esta vida y permanecer de pie. En verdad, tal victoria no se logra por nuestras propias fuerzas, sino porque Dios nos lleva siempre en triunfo en Cristo Jesús (2 Co 2:14). Necesitamos, como lo hace el arrayán con su perfume natural, expandir el aroma del conocimiento de Cristo a todos. Porque para Dios somos grato olor de Cristo en los que salvan, esto es olor de vida para vida (2:15). Es imprescindible que, como el arrayán, mantengamos el verdor que viene de nuestra continua comunión con Dios, donde estamos plantados en la casa de nuestro Dios para florecer. No importa la estación que nos toque vivir, Dios nos ha preparado para que la prueba no nos queme. El agua fresca de su Palabra permite que demos el fruto a su tiempo y evita que nuestra hoja caiga y (Sal 1:3). Necesitamos tener presente, como el uso que tiene la hoja del arrayán en aquella fiesta de recordación, que la misericordia del Señor nos ha sustentado durante nuestra travesía por los desiertos de la vida, desde el día que Cristo nos redimió y lavó con su sangre. Necesitamos como aquel mirto hebreo en tierras Persas, tener la osadía de enfrentar nuestra responsabilidad en defensa del pueblo de Dios (Est 4:16).

Dios no quiere que nuestro fruto sea espinoso, sino como el arrayán, porque

el arrayán es mejor que la zarza y que la ortiga.

 

Con todo amor,

Vuestro servidor,

Pst. Eliseo Rodríguez
www.iglesiamontedesion.org
www.christianzionuniversity.org
www.quedicelabiblia.tv

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