La guerra contra el terrorismo no se ganará con las armas, sino con el espíritu

El problema
Ocho perturbados es lo único que hace falta para doblegar a una nación fuerte y grandiosa. No hay cuerpo de policía o ejército que pueda garantizar la seguridad de los ciudadanos frente a ciertos extremistas con el cerebro lavado cuyo único objetivo en la vida antes de morir es matar a tantos no musulmanes como sea posible. Y ahora que millones de inmigrantes están llegando en oleada al viejo continente, está claro que la Europa que conocíamos ha dejado de existir.

El Islam no está luchando con fusiles o morteros. No es posible comparar el poder militar del autoproclamado Estado Islámico, por ejemplo, frente al de cualquier país occidental; menos aún si se compara con los países de la OTAN, los EE.UU. o Rusia. Sin embargo, el Estado Islámico, dondequiera que pone el pie, consigue avanzar. Porque hoy las guerras no se ganan con armas: se ganan con el espíritu y con una ideología compatible con ese espíritu.

La ideología del Islam radical es muy simple: o te conviertes y te vuelves uno de nosotros o mueres. Ellos no tienen miedo a morir porque creen que quien se convierte en un shahid (aquel que muere protegiendo o fomentando el Islam) es recompensado con felicidad eterna en el cielo. En esta Europa –posmoderna y con un amargo vacío– que honra al Euro más que a los propios europeos, esa idea tan simple puede resultar tremendamente atractiva porque ofrece un sentido a la vida; y la certeza de una felicidad al final.

La solución
Para ganar la guerra no solo contra el fundamentalismo islámico sino contra el radicalismo de cualquier tipo, Occidente debe ofrecer una respuesta viable a la pregunta acerca del sentido de la vida. Esta ausencia de propósito en la vida empuja a millones de jóvenes hacia un extremo, ya sea el fundamentalismo religioso, las drogas duras, la extrema derecha, o la depresión y el suicidio.

Actualmente, occidente venera el modelo del “ganador absoluto”. Aquellos que han prosperado por encima de todos los demás son idolatrados independientemente del número de “cadáveres” que hayan dejado en la cuneta en su camino hacia la riqueza y la fama. Hemos de cambiar este paradigma que elimina a las personas por otro que proporcione inclusión.

El mundo ya está interconectado, no hay vuelta a atrás, somos interdependientes; por eso, lo único que nos hace falta es aprender a aprovechar nuestra integración y beneficiarnos de ella. Somos una única entidad a todos los niveles –social, económico, emocional– pero seguimos funcionando como si no lo fuéramos. Estamos tolerando una actitud egocéntrica y comportándonos del mismo modo que las células cancerosas: conspirando contra el organismo que las acoge hasta acabar con él y consigo mismas también.

La solución a nuestros problemas no es luchar contra el terrorismo. Esto debemos hacerlo tan solo como una medida de primeros auxilios. La verdadera solución vendrá cuando ofrezcamos la unidad por encima de las diferencias.

La unidad entre las personas provoca buenas sensaciones porque libera el componente social que hay en nosotros. Del mismo modo que el distanciamiento y la desconfianza refuerzan el componente egoísta en nosotros, la conducta opuesta, aunque sea fingida en un primer momento, desata en nosotros sentimientos pro-sociales que disfrutan con el sabor de la conexión y se nutren de ella.

La conexión es la base de la vida. Nosotros no existiríamos si no fuera por la conexión entre nuestras células y órganos. Nuestro planeta no prosperaría si no fuera por la conexión entre todas las partes de nuestro ecosistema global. La humanidad dejará de existir si sigue permitiendo que haya separación en vez de conexión.

La conexión da sentido a la vida porque nos proporciona una percepción ampliada. Cuando optamos por la unidad se nos dota con una visión más dilatada capaz de apreciar el bienestar de toda la humanidad. En tal estado, la libertad se agranda, ya que las personas aportan sus facultades y habilidades únicas en pro del bien común; de ese modo se benefician a sí mismos y al resto del mundo. Imagina un mundo donde todos tuvieran esta inclinación y aceptaran comprender los beneficios de un acuerdo de este tipo.

La verdadera unidad no requiere que todos seamos iguales, más bien se trata de que cada uno de nosotros demuestre su singularidad al mismo tiempo que se preocupa por los demás. Las personas que viven en un entorno que fomenta la exploración y el descubrimiento de su potencial nunca serán desdichadas. Nunca buscarán soluciones extremas de ningún tipo. En una realidad así, serán respetados y encomiados por contribuir con su talento al bien común.

Por lo tanto, la manera de ganar la guerra espiritual contra el fundamentalismo de cualquier tipo, es respaldar el espíritu de unidad por encima de las diferencias. Y fomentar la singularidad que busca el beneficio de todos.

Fuente: Michael Laitman

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