TODAVÍA SOMOS SIETE

En estos días el río dio con ímpetu contra nuestra casa. Si no hubiese estado fundada sobre la roca, su estabilidad estaría en peligro. Pero, ¡gloria a Dios, ha prevalecido ante la tormenta! Sucedió que el retoño último de la casa de nuestros padres, el séptimo de sus hijos, nuestro hermanito Isaías, dejó de ser visto por un tiempo de nuestros ojos, porque, como a Mefiboset, a él también el Rey lo mandó a llamar (2 S 9:1-7). He aquí un poquito de su vida singular y de la trascendencia incomparable que alcanzó su carrera:

Nacido el 21 de Febrero de 1977 con un síndrome de Down, Isaías llegó a ser un memorizador bíblico capaz de grabar en su mente y recitar más de cuarenta Salmos de la Biblia y más de otros cien versículos de distintas porciones de la Palabra sagrada. Mis padres instruyeron al niño en su camino y, conforme promete la Biblia, lograron el trofeo; Isaías nunca se apartó de él (Prov 22:6). Nuestro hermanito fue un singular músico de percusión, apto para tocar en la orquesta del Salmo 150. Fue un animador de cultos sin paralelo en su contexto. Supo también discernir y expresar las doctrinas cardinales de la Palabra de Dios. Precisamente, la esperanza de vivir con el Señor fue una de las verdades cristianas que más fuerte abrazó y de lo cual hablaba continuamente. Así, él aprendió a predicar por un tema y lo tejía con versículos bíblicos y expresiones bien claras como hace quien usa bien la Palabra de verdad (2 Ti 2:15). Siempre entonó melodías cuyas letras tenían que ver con las moradas que hay en la casa del Padre (Jn 14:2).

Junto a esto, él era un modelo en cuanto al amor por la casa de Dios. Podía hacer un dúo armonioso con el cantor del Salmo 84 y entonar sonoramente, cuan amables son tus moradas, oh Jehová de los Ejércitos. Uno de sus sufrimientos más intensos fue que se suspendiera un culto de su iglesia por cualquier motivo, porque su alma anhelaba fervientemente los atrios del Señor. Él tenía un sentido de responsabilidad respecto a orar por otros, a tal modo que, si alguien le decía, recuerda orar por mí, esa persona podría estar segura que Isaías oraría por él con devoción. El séptimo de mis hermanos modeló, inigualablemente, ese mandamiento divino que demanda, sed agradecidos (Col 3:15). Nunca olvidó un favor recibido de cualquier hermano, por muy pequeño que el obsequio hubiese parecido. No podemos dejar de mencionar la fe inquebrantable que le caracterizó para creer que, en las heridas de Cristo, fuimos nosotros curados (Isa 53:5).  En este último año, cuando su salud se fue resquebrajando, se le escuchaba decir con certidumbre que esa enfermedad se iría para el suelo. Ciertamente, él fue quitado de delante de la aflicción (Isa 57:1,2) porque en su estado presente no padece ninguna enfermedad. Las virtudes cristianas que encarnó nuestro séptimo hermano son tantas que este boletín no es útil al intento de mencionarlas todas. Pero no debo dejar pasar esta: su reverente reconocimiento al ministerio cristiano, tal como lo demanda Hebreos 13:7,17. Debido a que nuestros padres han sido ministros del Evangelio por más de cinco décadas, todo el tiempo que mi padre pastoreó una congregación, Isaías lo llamaba el pastor. 

Además de todas estas virtudes espirituales, Isaías manifestaba cualidades humanas superiores a su padecimiento congénito: Una de ellas fue su sentido del humor. Él sabía dar respuestas inmediatas y llenas de sagacidad cuando alguien le quería hacer decir algo fuera de sus convicciones. Por ejemplo, si dos de sus hermanos le preguntábamos a quién él quería más, con una sonrisa espontanea, decía: A los dos. Aunque insistiéramos hacerle girar a favor de uno sólo, él sabía que no le convenía hacer una acepción y mantenía firme su respuesta. No hacía acepción de personas como lo pide Deuteronomio 16:19. Fue tan dulce su amor, que apodó cariñosamente a cada uno de sus seis hermanos y por ese apodo nos comunicaba. Con la mente privilegiada que le concedió Dios, nuestro querido Isa se sabía el nombre y los apellidos de muchísimos pastores y el lugar donde ellos pastoreaban. Conocía perfectamente los nombres de los grandes dignatarios del mundo, como los presidentes de los países y otros.

Como no hay virtud sin recompensa, el mismo Dios que es galardonador de los que le buscan (He 11:6), le dio bendiciones especiales a Isaías, añadidas a aquella que nada puede superar, la de ser un hijo del Padre Eterno. Lo recompensó con los mejores padres terrenales, los más tiernos que yo he conocido, quienes le administraron no sólo sus alimentos saludables y a tiempo, sino ese atributo que está intrínseco en la naturaleza divina, el amor (1 Ti 1:5; 1 Jn 4:8). Lo recompensó con darle cinco hermanos y una hermana, todos cristianos, todos ministros del Evangelio, además de muchos sobrinos, primos, tíos y una larga lista de familiares por ambos lados de nuestros progenitores, y todos le expresamos cariño desbordado como él lo merecía. Lo recompensó con hacerle miembro de una gran estirpe, conocida en la Biblia como la familia de Dios (Ef 2:19), entre la cual se hizo muy conocido, tanto en Cuba como en otros países del mundo. Isaías visitó los Estados Unidos y se tomó foto con nuestros padres frente a la Casa Blanca en Washington DC. Evidentemente, fue privilegiado en la tierra.

Pero el galardón supremo por su amor al Señor lo recibió cuando, al mediodía de este miércoles 3 de Enero del presente 2018, fue llamado a subir para estar con Cristo, lo cual, dijo Pablo, es muchísimo mejor (Fil 1:23). Cuando llegó a su Canaán celestial sólo había caminado cuarenta años por esta vida, la misma cantidad de tiempo que estuvo Israel en el desierto antes de entrar a su Canaán terrenal. Isa también bebió agua de aquella Roca que seguía a Israel en el yermo seco, la roca era Cristo (Ver 1 Co 10:4). Él había probado el maná, pero no el que caía del cielo cada mañana, sino del que aquel tipificaba, Cristo, el verdadero pan de vida (Jn 6:51). Sentado a la mesa de la comunión con su Señor, mientras espiritualmente bebía y comía de Cristo en su devoción, se le escuchaba decir una de sus frases más sublimes, ¡eres bueno Dios! Tanto el agua que bebía como el pan que comíaeran de vida. Esta es la base inquebrantable sobre la cual edificamos la realidad que nos concierte hoy como familia. Antes que nuestro Isa oyera su glamurosa bienvenida a la patria del alma, nosotros éramos siete hermanos. Pero después que él se hizo presente al Señor (2 Co 5:8), todavía somos siete. Por el momento, tres viven en la Habana, uno, en Holguín, dos vivimos en los Estados Unidos, pero Isaías vive en su morada gloriosa en el cielo. Él fue el postrero en el orden de nacimiento, pero como dijo Cristo, los postreros serán primeros (Mt 20:16), y él fue el primero de nosotros en entrar al hogar celestial. Por tanto, su partida nos sirve de un nuevo reto para perseverar mirando a quien no solo es el autor, sino también el consumador de nuestra fe (He 12:2).

Más firme que la tierra que pisamos, más brillante que el sol que nos alumbra, más bella que la bóveda celeste, es la promesa de vida eterna que la Biblia nos anuncia:

Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero.Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor (1 Ts 4:16,17).

En el propósito de honrar la vida de nuestro Isaías Rodríguez Matos y para confirmación de la esperanza irreversible de los redimidos,

Vuestro servidor,

Pst. Eliseo Rodríguez,
www.iglesiamontedesion.org
www.christianzionuniversity.org

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