HOMBRE NO ES CUALQUIER COSA
HOMBRE NO ES CUALQUIER COSA

HOMBRE NO ES CUALQUIER COSA

Uno de los intereses más grandes del enemigo es que nos desconozcamos a nosotros mismos, pues así, nuestra identidad es afectada y la manera de conducirnos cambia negativamente. Dios, por el contrario, tiene un gran interés en que sepamos que venimos de un diseño de su mente sabia y que desde la eternidad él tuvo propósitos sublimes para con la criatura humana. No existe otro libro fuera de la Biblia en el mundo que le ofrezca al hombre una información tan clara acerca de su origen y destino eterno. Por eso, debemos abrir la Palabra escrita y, a través de ella, encontrarnos y conocernos bien. Les invito a mirar algunos secretos maravillosos de nuestra naturaleza.

En Génesis 1:26,27 la Biblia presenta mucho sobre nuestra identidad. La casa para que el hombre viviera había sido terminada, el universo había sido creado por la Palabra de Dios (2 P 3:5). Todo estaba listo para darle continuidad a la creación y, ahora, se trataba de la creación más importante, el hombre, al cual Dios haría un poco menor que los ángeles y lo coronaría de gloria y de honra (Sal 8:5). De la descripción divina registrada por Moisés en este primer libro de la Biblia sabemos que, primero, Dios habló en su pluralidad eterna: hagamos al hombre. Si el Dios trino participó en la creación de un ser absolutamente distinto a los animales, ese es nuestro primer rasgo de identidad, el cual nos dice cuán elevada sería la meta de Dios al formarnos. Nuestro Creador es eterno, es celestial; así que, fuimos concebidos para destinos eternos y de incumbencia gloriosa.

En segundo lugar, al hacer al hombre, Dios tuvo un patrón o modelo. No lo diseñó igual que ninguna otra criatura terrestre, volátil o marítima. Dios se consideró a sí mismo y determinó hacer al hombre conforme a su propia imagen y de acuerdo a su propia semejanza. Esta imagen y semejanza que el hombre habría de tener de Dios no se referiría a la apariencia física, pues Dios no es del mismo material ni de la misma forma que el hombre fue hecho exteriormente, Dios es Espíritu (Jn 4:24). El plan era que la criatura humana tuviera la imagen y semejanza moral de su Creador, que tuviera aptitud para vivir por siempre como él y que los atributos divinos de sabiduría e inteligencia fueran claramente manifiestos en él. Tres veces entre los versículos 26 y 27 se menciona el propósito de Dios de hacernos a su imagen. Si el Creador tuvo en mente que fuéramos semejantes a él en carácter y en sabiduría, ¡cuán alto debería ser el propósito divino para con el hombre!

En tercer lugar, Dios tuvo para el hombre un destino de señorío. Su diseño revelado en Génesis 1 incluía que el hombre fuera señor de la creación en la que se desenvolvía. Así lo describe el versículo 26 (b): y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra. Por este texto sabemos que el mar, los cielos visibles y la tierra eran el escenario donde el hombre fue llamado a sojuzgar. Todos los peces, todas las aves y todas las bestias quedaron en la jurisdicción del hombre. No podemos mirar el radio de acción tan vasto entregado al hombre por su Dios, sin admirarnos sobre el propósito tan alto que Dios tuvo en su corazón al formar la criatura humana.

En cuarto lugar, el diseño fue realizado: Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, varón y hembra los creó (v. 27). Esto marca otra diferencia entre el hombre y las demás criaturas del universo, pues todo lo creado anteriormente, había sido hecho por la Palabra de Dios. Pero de Génesis 2:7 sabemos que Dios formó al hombre del polvo de la tierra. Es científicamente comprobado que muchos de los minerales que están en la tierra, existen en el cuerpo humano, y que el buen equilibrio de estos, está relacionado con la salud del hombre. No solo ello, sino que ese cuerpo sería el templo donde la esencia divina sería depositada, pues después que el cuerpo estaba formado, Dios mismo sopló en él aliento de vida.

De su propio ser espiritual y eterno, Dios impartió vida a aquella criatura superior. A tal manera fue así, que la Biblia llama al hombre un ser viviente; fue saturado de vida y capacitado para vivir para siempre. En aquel soplo estaba implícito la entrega de la imagen de Dios, la rectitud moral, la eternidad, la sabiduría.  ¡Qué sabiduría tuvo Adán si les puso nombre a todos los animales vivientes! (Gn 2:19). Para tener una mejor idea de cómo sería Adán antes de pecar, portando la imagen de Dios, debemos considerar a aquel a quien la Biblia llama el postrer Adán, nuestro Señor Jesucristo (1 Co 15:45). Él es descrito como quien nunca hizo maldad ni hubo engaño en su boca (Isa 53:9), como santo, sin mancha y sin contaminación (1 P 1:19). Antes de su pecado, Adán era inocente, la misma descripción que Hebreos 7:26 hace acerca del Señor Jesucristo. Pero, además, el Génesis nos describe al hombre creado en dos géneros: varón y hembra los creó. Ello habla, primero, de una capacidad de socializarse con sus semejantes, de tener comunión con otros, y, segundo, de la capacidad de procrearse. Además de todas las singularidades antes mencionadas en el hombre, ahora Dios lo bendijo para el estado matrimonial y les ordenó a Adán y a Eva fructificar y multiplicarse, llenar la tierra y sojuzgarla y señorear sobre la creación (v. 28).

A pesar de la caída del hombre relatada en Génesis 3 y de las consecuencias fatales de su pecado, hubo restauración a través de nuestro Señor Jesucristo. En la cruz él cargó sobre sí todo el pecado del mundo, murió por nuestros pecados conforme a las Escrituras, fue sepultado y resucitó al tercer día tal como estaba anunciado en la Palabra (1 Co 15:3,4), y de esta manera, quitó la muerte y sacó a luz la vida y la inmortalidad por el evangelio (2 Ti 1:10). En el evangelio de nuestro Señor, el hombre, creado para propósitos tan sublimes, halla nuevamente el propósito glorioso de su vida.

El proyecto inicial de Dios permanece hasta hoy. Por eso, a los creyentes en Cristo se nos ha mandado a hacerlo todo para la gloria de Dios (2 Co 10:31), se nos avisa que fuimos creados para alabanza de la gloria de la gracia de Dios y que, por esa gracia, fuimos hechos aceptos en el Amado (Ef 1:6). Se nos ha comisionado para anunciar las virtudes de aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable (1 P 2:9), a vivir como siervos de Dios (v. 16).

Pero uno de los aspectos que mide que el hombre no es cualquier cosa es el hecho que los hijos de Dios estamos destinados para vivir en la casa de nuestro Padre en el cielo por la eternidad. Jesús les dijo a los hombres que le seguían: En la casa de mi Padre muchas moradas hay… voy, pues, a preparar lugar para vosotros (Jn 14:2). Un día los hombres vivificados por el poder de Cristo oiremos este anuncio: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios (Ap 21:3).

Amados, ¡vivamos a la altura de los benditos propósitos que el Creador nuestro ha trazado en su Palabra! ¡Neguémonos a vivir para nosotros mismos y tengamos la meta de vivir en la gran dimensión de gloria y poder que Cristo nos ha dado en su gracia!

Soy vuestro servidor,

Pst. Eliseo Rodríguez.
www.iglesiamontedesion.org
www.christianzionuniversity.org

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