La gran desconexión
La gran desconexión

La gran desconexión

El mundo entero está sumido en la más densa oscuridad espiritual por haberse desconectado de la fuente de Vida y de Agua Viva.

En estos últimos meses hemos oído y leído hasta el hartazgo las palabras desconexión, independencia y desobediencia; tres definiciones muy descriptivas, en su pura esencia, de la rebelión humana contra Dios mismo. Esa sí que fue nuestra fatal y gran desconexión de nuestro Creador.

Este instinto rebelde nos traiciona en ciertas ocasiones, confundiendo libertad con transgresión de la ley, siendo esta como un reflejo de la ley moral de Dios para nosotros, expresada y resumida en los Diez Mandamientos de la Torá que, de un modo u otro, perviven en la conciencia universal.

He observado la sensación de fastidio que produce en mucha gente la idea de pensar que tiene que cumplir u observar los mandamientos de Dios que aparecen en las Escrituras (seiscientos trece exactamente, más otros tantos en el Nuevo Testamento); y lo cierto es que los mandamientos de Dios son no solamente benignos, sino preventivos, además de instructivos, especialmente para los creyentes.

Me permito utilizar una comparación humana muy similar, a la vez que extrapolable para nosotros en muchos aspectos, y me quiero referir a la cantidad de leyes gubernamentales y judiciales a las que estamos sujetos en todos los aspectos sociales.

Tenemos mandamientos municipales, regionales, estatales y multitud de mandamientos de la DGT. Aunque esto puede resultarnos un tanto fastidioso en algunos momentos, son normas y leyes necesarias para la buena convivencia que nos hemos dado entre todos, para que prevalezca el imperio de la ley y esto no se convierta en una jungla de desórdenes humanos y vivamos en el caos total.

La Palabra nos recuerda “que los mandamientos de Dios, no son gravosos” (1ª Juan 5:3), no son pesados ni tampoco ninguna molestia para el creyente fiel que los disfruta, como diría el salmista David: “¡Cuánto amo tu ley! Todo el día es ella mi meditación” (Salmo 119:97).

La triste realidad actual de la humanidad en su desconexión con Dios, se manifiesta en este lamento divino hacia Su pueblo Israel: “Porque dos males ha hecho mi pueblo: me han abandonado a mí, fuente de aguas vivas, y han cavado para sí cisternas, cisternas agrietadas que no retienen el agua” (Jeremías 2:13).

El mundo entero está sumido en la más densa oscuridad espiritual por haberse desconectado de la fuente de Vida y de Agua Viva. ¿Cómo podemos reparar esa terrible desconexión con la Divinidad, en una sociedad cada vez más transgresora como la nuestra? La respuesta está clara en la Biblia: “Nuestros pecados han hecho división entre Dios y nosotros” y la reconexión solo se producirá por una retractación personal y sincera de nuestros pecados de desobediencia, independencia y rebeldía.

Muchas veces me he preguntado por qué hemos llegado a este punto sin retorno aparente. Nos hemos divorciado del Cielo, hemos roto deliberadamente nuestra relación con el Dios que nos creó y nos jactamos de nuestros propios logros convirtiéndonos a nosotros mismos en el centro del Universo, nos hemos endiosado.

También hemos creado una generación zombi, que vive narcotizada con los entretenimientos humanos que consumen su tiempo miserablemente y los acerca cada vez más al precipicio de una eternidad sin Dios. Este es el resultado de nuestra desconexión con el Dios Creador. Necesitamos urgentemente hacer volver en sí, cuanto antes, a tantas multitudes que caminan sin Dios y sin esperanza en el mundo y despertarles de este letal sueño de la muerte en vida que están padeciendo, sin ni siquiera saberlo ellos mismos.

Autor: Julio Pérez

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