¿Por qué algunas personas no alcanzan la madurez espiritual?
¿Por qué algunas personas no alcanzan la madurez espiritual?

¿Por qué algunas personas no alcanzan la madurez espiritual?

Por: Peter Scazzero

¿De dónde sacamos la idea que la madurez espiritual se puede alcanzar aparte de una integración de los aspectos emocionales de lo que somos? ¿De dónde proviene el sutil prejuicio que coloca lo espiritual sobre los coponentes físico, emocional, social e intelectual de lo que somos? La respuesta es compleja pero podemos resumirla simplemente como la influencia del filósofo griego Platón, que vivió varios cientos de años antes de Cristo. Su influencia a través de una serie de personas en la historia de la iglesia tales como Agustín continúa impactándonos hoy.

El mensaje tácito en muchas de nuestras iglesias es: «El cuerpo es malo. El espíritu es bueno». De algún modo, se ha filtrado en nuestras iglesias un mensaje sutil: Ser humano, emocional, de alguna manera es pecaminoso, o por lo menos inferior que espiritual. Esto viene mucho más del platonismo y el gnosticismo que de las Santas Escrituras.

La mayoría de las personas, cuando se les pregunta lo que significa ser creado a imagen de Dios (Génesis 1:26-27; 5:1; 9:6; Salmo 8:5; Romanos 8:29; 1 Corintios 11:7; 15:49; Efesios 4:24; Colosenses 1:15; 3:18; 1 Juan 3:2), se centran solo en nuestros aspectos espirituales. Nosotros pensamos en modelar nuestras vidas según Jesús en áreas tales como la oración, la Palabra, el servicio, la entrega y la adoración. El único problema es que somos algo más que seres espirituales.

Negar cualquier aspecto de lo que significa ser una persona íntegra hecha a imagen de Dios trae consigo consecuencias catastróficas y de largo alcance, especialmente la tendencia a separar la salud emocional y la espiritual. Insanas tendencias son inevitables cuando fallamos a la hora de comprendernos a nosotros mismos como gente íntegra, hecha a la imagen de Dios nuestro Creador.

Esta imagen de Dios en nosotros incluye muchas dimensiones: física, social, emocional, intelectual y espiritual. Sin embargo, por alguna razón se exalta nuestro espíritu sobre los otros aspectos centrales que nos hacen humanos. Ignoramos:

• Lo físico: «¿Quién tiene tiempo de hacer ejercicios o de comer lo adecuado o de descansar lo suficiente?»

• Lo social: «No se preocupe de esas amistades. ¿Quién tiene tiempo para dedicárselo a buenas amistades y otras personas importantes? Tendrá tiempo para festejar en el cielo».

• Lo intelectual: «Tenga cautela a la hora de desarrollar su mente a todo su potencial. Terminará sin sentimientos para Dios. De cualquier manera, ¿quién tiene tiempo para reflexionar?»

• Lo emocional: «Pareciera que cuando uno hace caso a sus sentimientos, se confunde más y se aleja de Dios».

Con el tiempo, este paradigma que no es bíblico condujo a una actitud que consideraba los sentimientos y emociones como opuestos al Espíritu (especialmente la ira, que se convirtió en uno de los siete pecados capitales, pese al «airaos, pero no pequéis» y «lento para la ira», enseñanzas de la Escritura). En la mente de muchos hoy en día, la represión de los sentimientos y emociones se ha elevado a un nivel de Espíritu o virtud. Negar la ira, ignorar el dolor, escamotear la depresión, huir de la soledad, obviar dudas que confunden y desconectar nuestra sexualidad se ha convertido en una forma de vida espiritual. En The Cry of the Soul («El grito del alma»), Dan Allender y Tremper Longman describen por qué es tan importante escuchar y ocuparse, de nuestras emociones:

Ignorar nuestras emociones es volverle la espalda a la realidad; escuchar a nuestras emociones nos introduce en la realidad. Y en la realidad es dónde encontramos a Dios… Las emociones son el lenguaje del alma. Son el grito que le dan una voz al corazón… Sin embargo, a veces nos hacemos los sordos a través de un rechazo emocional, la distorsión, o desvinculación. Nos sacudimos de cualquier cosa perturbadora a fin de conseguir un tenue control de nuestro mundo interior. Nos atemoriza y avergüenza lo que se filtra en nuestros sentidos. Al desestimar nuestras intensas emociones, nos engañamos a nosotros mismos y perdemos una maravillosa oportunidad para conocer a Dios. Olvidamos que el cambio viene a través de la sinceridad brutal y la indefensión delante de Dios.4 (énfasis añadido)

Post source : http://lidervision.com/

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